Este mes fue publicada una TedTalk de la actriz Tracee Ellis Ross, en la que nos habla sobre la furia que sienten las mujeres últimamente y que proviene de una vida de aguantar que los hombres se aprovecharan de sus cuerpos sin consentimiento.

La actriz nos cuenta una anécdota, de una amiga de unos 60 años que estaba en una oficina de correo llena de gente llenando unas planillas cuando de pronto un hombre la movió de sitio. Su amiga estaba bloqueando algo que este hombre quería, ella no lo escuchó pedir permiso, él simplemente la tomó y la movió de su camino, tomó lo que necesitaba y se fue.  Dejando a la mujer con una sensación que identificó como furia, no le hizo daño, no la violó, no le pegó, pero ella sintió en shock y cuando reaccionó tenía ganas de gritarle o defenderse, porque en un gesto muy pequeño, que muchos pueden considerar insignificante, ese hombre se sintió con poder de decidir sobre su cuerpo, algo tan sencillo como donde estaba ubicado, pero sabemos que esta creencia de tener el poder de decidir sobre nuestra presencia física va desde algo tan simple hasta escenarios más complejos y violentos.

Hay una cultura que ve como normal que los hombres decidan sobre los cuerpos de las mujeres, y aunque a veces parece inocuo, las mujeres terminamos siendo “un salero atravesado en su camino hacia las papas fritas”, un objeto del cual se dispone.

También están esas situaciones, más atroces, violentas y horribles, en esas también la mujer es considerada algo de lo que se puede disponer. Hay un espectro en esa cultura, pero lo menos malo y lo violento tienen como origen la misma idea, considerarnos objetos, no sujetos. Entonces permitir lo menos, hace posible lo más.

Quizás nos parece un poco forzado, sacar todas esas conclusiones de una situación sin daño, por esto Ross nos pide hacer otro ejercicio, imaginar que en este momento alguien viene y toma tu teléfono celular de tu mano, te dicen no te molestes, solo voy a usarlo un momento y te lo devuelvo, imaginemos que alguien distinto tome tu celular una vez al día, dos veces, de forma inesperada cuando les parezca, y que sus razones sean que les gusta tu teléfono, que no debiste sacarlo de tu bolsillo, o que es así, que siempre fue así y tienes que aceptarlo porque ellos no pueden evitarlo, no pueden contenerse. Esto según Ross no sucede por falta de moral en los hombres, ella considera que existe un gran punto ciego en el comportamiento de los hombres que hace que no consideren estas actuaciones como abusivas.

Pero en el caso de las mujeres receptoras de estos abusos, pueden desencadenarse reacciones como incomodidad, estrés, pero también se activan las alarmas de la sabiduría que transmite las experiencias de nuestras madres, hermanas, abuelas y todas esas generaciones de mujeres que vivieron antes de nosotras y padecieron los mismo abusos o peores. Vivimos con la idea de que debemos comportarnos de cierta forma o arriesgarnos a ser acosadas, abusadas y cosas peores. Por eso sentimos furia y si a eso le agregamos otros componentes como la raza, orientación sexual  o clase social, solo se hace peor. Una vida de no expresar esa angustia ante el abuso nos produce furia.

Las mujeres estamos programadas para racionalizar el abuso, pensar que fue mi culpa, quizás no le entendí, estoy exagerando sostiene la actriz en su charla, y esto pasa porque estamos entrenadas por esta cultura para desestimar nuestra molestia y considerar que estamos siendo muy sensibles o irracionales, así que callamos y guardamos estas emociones, porque no está bien visto que expresemos molestia o rabia. Esa es la furia, es frustración, rabia,  indignación,  pero se acabó el tiempo y estamos decididas a expresarnos, ya no debemos ser responsables por el comportamiento de los hombres. Tracee Ellis Ross termina con recomendaciones a hombres y mujeres para lidiar con esa furia y convertirla en la fuerza que genere un cambio en nuestra sociedad.