Madeleine Albright nació en Praga, Checoslovaquia el 15 de mayo de 1937, bajo el nombre de Marie Jana Korbelová. Albright cursó estudios en Suiza y Denver antes de estudiar Ciencias Política en el Colegio Wellesley con una beca. También, estudió Relaciones Internacionales en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados Paul H. Nitze de la Universidad Johns Hopkins. Fue en Suiza donde Marie Jana adoptó el nombre de Madeleine, la forma francesa de Madlenka, el apodo checo que su abuela le había dado.

Albright se convirtió en ciudadana de los Estados Unidos en 1957, y dos años después de graduarse en Wellesley se casó con el periodista Joseph Albright. Tuvieron tres hijas antes de divorciarse en 1982.

Entró en contacto con la política para colaborar en la campaña a la presidencia del senador demócrata E. Muskie, que en 1976 le nombró su asistenta legislativa. Dos años después, el profesor Z. Brzezinski, la incorporó al Consejo de Seguridad Nacional en la administración de Jimmy Carter. Luego, trabajó en el Centro de Estrategia y Estudios Internacionales y en el Instituto Smithsoniano, hasta que en 1982 fue contratada por la Universidad de Georgetown, como profesora de relaciones internacionales y responsable del programa Mujeres en el Servicio Exterior.

En 1992, Bill Clinton la llevó a la embajada de los Estados Unidos en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con la categoría de miembro del gabinete, y en 1997 se convirtió en la primera mujer en convertirse en secretaria de Estado de los Estados Unidos. En esta entrevista franca y divertida con Pat Mitchell, Albright habla sin rodeos sobre política y diplomacia planteando que las cuestiones de género merecen un lugar en el centro de la política exterior.

Uno de los aspectos más importantes de la entrevista es cómo se juzga a las mujeres en la política por cómo se visten, Albright indica:

“…realmente es bastante irritante porque nunca nadie describe lo que usa un hombre. Pero las personas prestaban atención a lo que yo me ponía. Lo interesante fue que antes de irme a Nueva York como embajadora ante la ONU hablé con Jeane Kirkpatrick, que había sido embajadora antes que yo, y me dijo: ‘Tienes que deshacerte de esa vestimenta de profesora. Sal y vístete como una diplomática’. Eso me dio muchas oportunidades para ir de compras. Pero aun así hubo todo tipo de preguntas de si me puse un sombrero o si mi falda era corta. Por ejemplo, Condoleezza Rice asistió con botas a un evento y la criticaron por ese motivo. A ningún hombre se lo cuestiona. Pero eso es lo de menos.”

Una recomendación de Albright para las mujeres que tienen puestos de liderazgo, es apartarse de sí mismas, del modo femenino reacio y natural al hablar y dejar a un lado las dudas acerca de si a la gente le gustas o si vas a decir algo inteligente, para enfocarse en lo que quieres lograr y lo importante que es tu voz para comunicar un tema.

“…fui a mi primera reunión en la ONU y es ahí donde empezó todo porque esa es una organización muy masculina. Y yo estaba allí sentada entre 14 hombres sentados mirándome –hay 15 miembros en el Consejo de Seguridad– y pensé ¿le gusto a la gente? ¿voy a decir algo realmente inteligente? –bueno, ya saben cómo es esto, uno quiere captar la sensación del recinto. De repente pensé luego, bueno, espera un minuto. Estoy sentada detrás de un letrero que dice Estados Unidos. Y si no hablo hoy no se va a oír la voz de Estados Unidos. Fue la primera vez que tuve esa sensación de que tenía que apartarme de mí misma, de mi modo femenino reacio y natural para hablar en nombre de nuestro país. Y eso volvió a suceder en varias ocasiones, pero creo que en muchos aspectos ser mujer fue una gran ventaja. Creo que somos mucho mejores en las relaciones personales y luego, obviamente, somos capaces de decir las cosas como ha de ser necesario.”

Albright también habla de la importancia de empoderar a otras mujeres, pues las sociedades están mejor si las mujeres tienen poder político y económico. La situación de salud es mejor, la educación es mejor y hay una mayor prosperidad económica:

“….acababa de llegar a la ONU, cuando llegué había 183 países en la ONU; ahora hay 192. Era una de las primeras veces que no tenía que preparar el almuerzo yo misma así que le dije a mi asistente: ‘Invita a las otras mujeres representantes permanentes’. Y pensé que cuando llegara a mi residencia habría un montón de mujeres allí. Llegué y encontré 6 mujeres, de 183 miembros. Los países que tenían representantes mujeres eran Canadá, Kazajstán, Filipinas, Trinidad y Tobago, Jamaica, Lichtenstein y EE UU. Así que siendo yo estadounidense decidí formar un comité. Y así lo hicimos y nos autodenominamos el G7… Y peticionamos en nombre de las mujeres. Así conseguimos dos juezas para este tribunal de crímenes de guerra. Y entonces lo que sucedió fue que declararon a la violación como arma de guerra en contra de la Humanidad.”

Albright termina indicando la importancia de que como mujeres dejemos de criticarnos, especialmente cuando se trata de hacer sentir culpables a las mujeres que eligen trabajar fuera de su casa, dejar la costumbre de hacernos sentir culpables mutuamente y ayudarnos más. La diplomática termina la charla con su popular frase:

“Existe un lugar reservado en el infierno para las mujeres que no se ayudan mutuamente.”