En medio de la ola del #Metoo, es importante recordar que ese movimiento está dando confianza a las víctimas de violencia sexual para contar su historia para saber que no están solas y que no hicieron nada malo, que lo único malo es el sistema patriarcal que permitió a la sociedad ver a las mujeres como objetos para el placer, que las hizo sentir culpables y que les dejo el silencio como la única opción ante los abusos. Para contribuir a cambiar esa realidad queremos compartir con ustedes un testimonio que recibimos de parte de una de nuestras lectoras en esta comunidad que hemos construido con Mulier.

Esta es la historia de una jóven que pudo vencer la violencia sexual y sus secuelas, que dejó de sentirse culpable recordando que era fuerte, valiosa y que quiere con su experiencia invitarnos a estar alertas a las señales pero sobretodo a que tengamos presente que ninguna situación significaría un peligro si se respetara siempre nuestra voluntad y que ser víctimas de violencia sexual no nos quita valor.

Visibilizar estas historias nos debe orientar como sociedad para encargarnos del verdadero problema que no son las mujeres que sufren violencia sino esos hombres que la siguen causando. Debemos luchar por recuperar nuestro bienestar físico y mental porque nunca somos responsables de una violación, tengamos eso presente siempre, no es nuestra culpa.

Una tarde de abril poco después de cumplir quince años, cuando sientes que todo es perfecto y eres inmortal, de un solo tirón te das cuenta que no, que a ti también te puede pasar.

Al momento de sufrir una violación es muy común pensar que es nuestra culpa, que hicimos algo para provocarlo, que seguro él no quería pero yo lo provoque, pero es de valientes entender que NO, no fue mi culpa, él abuso de mí.

A los 15 años cuando el ¨amor¨ lo encuentras en cualquier chico encantador, de sonrisa asombrosa o el más conocido por ser deportista es muy fácil enamorarse e ignorar las señales de alerta, decir qué más da, tengo quince años soy bonita y a mi jamás me pasara nada malo.

Era una tarde de abril cuando fui a visitar al chico más lindo, llegar a su casa y que te preste atención te hace sentirte especial, quizás por eso no vi algunas  señales de alerta, quizás fui inocente y algo inmadura, pase por alto cualquier tipo de peligro. Que me invitara a su cuarto fue aún más extraño pero igual especial, te dicen solo te lo he pedido a ti a mas nadie, tú serás la primera. Entrar, ver trofeos y todas sus cosas te hace sentir grande, sientes que lograste enamorar al campeón, hasta que en un momento todo cambia por un pequeño ruido, como lo es el ruido que produce pasar el botón a la puerta y es allí cuando se enciende la primera señal de alerta, pero ya es tarde. En un par de segundos te das cuenta que esto no está bien y sin darte tiempo para reaccionar ya estás en una cama, desnuda, muriendo de miedo y sin saber qué hacer y es así como un total desconocido te arrebata tu inocencia, a partir de ese momento todo pasa en cámara lenta y puedes ver desde un tercer plano lo que te están haciendo y eres tan vulnerable, el miedo se apodera de ti, así que solo dejas que haga lo que quiera para que termine rápido y no te maltrate más, solo quieres que se termine, ves cada puño, cada ofensa y cada maltrato, los sientes como una aguja más que te clavan. Así se siente ser ultrajada por alguien que ¨conocías¨.

Cuando todo pasa te das cuenta que estás envuelta en dolor, humillación, soledad, duda, vergüenza, culpa, nostalgia y aceptas que fuiste violada y te preguntas qué se supone debes hacer. Días oscuros y difíciles inician, no dejas de ver señales de que volverá a pasar y vives llena de miedo cuando se supone que deberías vivir tu juventud y disfrutar.

No fue fácil porque lo enfrente sola, decidí callar y no decirle a nadie no sé si fue por miedo o vergüenza pero permanecí en silencio y aprendí a vivir con miedo hasta que una noche sentí que era suficiente, reconocí que me quería y era valiosa, así que busque ayuda y me llene de valor para sacar todo esto y decirme a mí misma que no fue mi culpa.

A partir de ese momento hice todo lo posible por recuperar mi bienestar, fui a talleres y empecé la terapia, con ayuda de mi psicóloga logré salir de ese agujero que me comía la vida poco a poco y logré librarme de una culpa que jamás fue mía.