El feminismo ha logrado que las mujeres nos compenetremos para luchar por la igualdad de género, para exigir nuestros derechos y los de aquellas mujeres que viven al otro lado del mundo, por exigir la reivindicación de nuestro lenguaje y sus términos en el diccionario, para realizar protestas en un mismo día en todo el planeta, para unirnos y aprender más acerca de nosotras, nuestros cuerpos y sobre cómo tener relaciones saludables con nosotras y con nuestras parejas. Pero hay un término que se usa últimamente como trampa, “sororidad”.

El término “sororidad” no existe en el diccionario de la Real Academia Española, lo cual no es de extrañar viniendo de una institución machista. La Fundación del Español Urgente, sin embargo, calificó “sororidad” como “término válido” y la define como “la relación de hermandad y solidaridad entre las mujeres para crear redes de apoyo que empujen cambios sociales para lograr la igualdad”.

Para algunas feministas la sororidad incluye no criticar a otras mujeres y no ver a otras mujeres como competencia, pero de ser así, no estaríamos usando la palabra correctamente. Verán, es justo cuando criticamos el machismo internalizado que tiene otra mujer que logramos cambios. No logramos nada por ejemplo, si no criticamos a una candidata presidencial de un país solo por ser mujer, a pesar de que esta esté en contra del aborto. ¿Creen que esa candidata promoverá políticas a favor de los derechos reproductivos de las mujeres?, evidentemente no. Por tanto no podemos hablar de sororidad si ayudamos a elegirla al cargo de Presidenta, porque no existe sororidad sino tiene la finalidad de crear cambios sociales para lograr la igualdad.

Si ayudamos a esa mujer a ser elegida, quizás hablaríamos de solidaridad, pero no de sororidad.

Es vital resaltar que si de verdad queremos igualdad tenemos que dejar a un lado el mito de que todas las mujeres tenemos que ser amigas y llevarnos bien. Esto es sencillamente imposible porque somos personas con intereses y personalidades diferentes. Cuando conozco a una mujer que pasa más tiempo hablando de esmaltes de uñas que de libros a los cinco minutos me va a aburrir, no por ser mujer, sino porque en ese momento preciso no vamos a tener intereses comunes y no voy a querer seguir la conversación. ¿Esto hace que sea menos feminista? No, cuando un hombre critica a otro nadie lo acusa de odiar a todos los hombres o traicionar a su género. Pero si las feministas criticamos a Ivanka Trump somos anti feministas y anti sororidad, solo por señalar que Ivanka no hace nada para crear cambios sociales que ayuden a una sociedad más igualitaria.

No podemos dejarnos llevar por esta trampa, no podemos dejar que usen el término en nuestra contra, porque si no le exigimos a las mujeres una perspectiva feminista, no podemos esperar cambios. Así que critiquen, desde el respeto pero señalemos las actuaciones y creencias que nos retrasan en el camino a la igualdad. Criticar no debe tener una connotación negativa, criticar no es destruir, criticar puede ser una invitación a la reflexión, a la revisión, al cambio para mejor. Así que critiquemos a aquella amiga que intenta imponernos sus creencias religiosas en contra del uso de anticonceptivos, critiquen a aquella compañera que dice que la mujer es la que debe encargarse de los deberes del hogar reforzando los estereotipos que nos limitan, critiquen a la vecina que se dice feminista pero cree que la realidad es solo la que viven las mujeres iguales a ella sin tomar en cuenta las diferencias que representan la raza, orientación sexual, nivel económico o diversidad funcional, critiquen a aquella prima que por discriminar a las personas por su orientación sexual, está en contra del matrimonio igualitario, critiquen a esa mujer que culpa a las víctimas de violencia sexual al comentar que las mujeres no deben usar falda corta a menos que quieran ser violadas. Critiquen y no caigan en la trampa, porque es necesario señalar lo que seguimos reproduciendo de nuestra cultura patriarcal. Es la única manera de lograr cambios.