Tengo mucho tiempo queriendo contar esta historia, no porque me avergüence o sienta culpa, sino porque es algo que no sabe mi familia y no se cómo reaccionarán. Verán me crié en una familia súper católica, de esa que reza todo el tiempo y va a misas los Domingos, de esas que tienen estampas de Santos en la cartera y rezan novenarios a los muertos. Pero esa no es mi historia. A pesar de criarme en un ambiente católicos nunca creí realmente en Dios, sin importar que tanto tratara que tanto fuese a misa, el concepto de creer un Dios que todo lo ve y todo lo juzga simplemente no era para mí.

Cuando tenía doce años dejé de acompañar a mi madre a misa y a rebelarme en contra de todo lo que la iglesia representaba, en especial en cuanto al aborto, así, uno de mis pasatiempos favoritos se volvió discutir con los curas en clase de religión. Yo, que siempre he querido saber el por qué de las cosas, no me quedaba callada al porque si.

Así supongo que comienza esta historia, dejando clara que mi punto de vista es que la vida comienza cuando naces. Nacer según la Real Academia Española significa Dicho de un ser vivo: salir del vientre materno, del huevo o de la semilla, y así nacer no es igual a concebir. 

Un par de años después cuando estaba terminando la universidad y gracias en parte a una pésima educación sexual, quedé embarazada porque le creí a mi pareja en ese entonces que si sacaba el pene antes de acabar no iba a quedar embarazada, quizás por eso me identifico tanto con la consigna Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir, con una buena educación sexual hubiese usado anticonceptivos y no estuviese contando esto, o quizás si, porque después de todo los anticonceptivos fallan.

El caso es que quedé embarazada, y yo, que nunca he tenido mucho deseo materno que digamos estaba muerta de miedo pero decidida. Decidida a que en ese momento no iba a tener hijos. Con una semana de retraso del periodo compré una prueba de embarazo en una farmacia, asegurándome de que nadie me viera para evitar el que dirán, para evitar que descubrieran lo que estaba decidida a hacer. El resultado fue positivo pero era algo que no quería creer, así que al día siguiente me hice una prueba de sangre. Cuando ese resultado también dio positivo llamé a mi pareja y su respuesta fue que abortara, después de allí dejó de preocuparse por el asunto. La respuesta estaba más clara que nunca, ¿cómo tienes un hijo con alguien que no tiene ni para encargarse de un aborto?, mi cuerpo, mi decisiónpensé.

Para la siguiente parte de la historia debería comenzar con que soy de Venezuela, un país donde el aborto es ilegal, y así lo que viene a continuación tiene un trasfondo de suerte y privilegio. Privilegio de tener dinero para comprar misopostrol, suerte de que me lo vendiera. Verán en esos casos, uno sabe a quien llamar, y yo sabía exactamente a quién, alguien que conocía a una mujer que había abortado y estaba viva, así terminamos las tres en el centro de la ciudad, mi amiga y yo en el carro, mientras una mujer que acababa de conocer unas horas antes se bajaba a comprar cinco pastillas que me entregó en una bolsita. Desespero es creerle a alguien cuando te dice tómate dos, métete tresy confías ciegamente sin saber si será cianuro. Eso es lo que la gente pro-vidano entiende, cuando uno quiere abortar va a abortar, sea legal o no, sea en un hospital o con un gancho. 

Al día siguiente comencé a sangrar y a actuar como si nada, y con ese alivio comenzó este secreto. Alivio de saber que mi vida iba a continuar, que mis planes iban a quedar intactos, y que no estaba haciendo absolutamente nada malo. Los fetos no sienten dolor hasta la semana veinte, el mío tenía menos de ocho semanas. Sangré por una semana y luego fui al ginecólogo, hasta para eso tuve privilegio, para ir a una consulta privada a que me recetaran pastillas para detener el sangrado y que no me dijeran nada cuando me preguntaron si había abortado y dije que no. No debí ser la primera ni la última que vio esa doctora después de un aborto, pero si de las afortunadas que salieron con sus órganos y vida intacta.

Ahora viene la parte que más me da risa, por alguna razón hay gente que piensa que las personas que abortan son inconscientes y lo hacen todo el tiempo, yo debo admitir que después de eso estuve más de un año sin tener relaciones sexuales, no por culpa, sino por miedo a quedar otra vez embarazada. Esta es mi historia, una que siempre he querido contar, una con un final feliz, una que cuento porque así como hablo de normalizar la depresión siento que es necesario normalizar el hablar sobre aborto ya que ni son casos aislados ni deben ser secretos.