Cuando estaba en preescolar un niño me pegó por primera vez. La respuesta de mi madre fue que seguro le gustaba, que los niños pegan para demostrar amor.  Veinticinco años después mi novio me golpeó por primera vez y yo, que crecí viendo las novelas de Thalía, estaba convencida de que amaba. El problema es que siempre nos cuentan las mismas historias, el chico malo conoce a la chica buena y pura y se enamoran, él trata de cambiar pero no puede, así que la chica buena se acostumbra a lo que desea él. Así aprendemos a sacrificar por amor. Como si el amor necesitara ser difícil para ser “bueno”.

No importa si hablamos de Marimar o de Cincuenta Sombras de Grey. Al amor “verdadero” lo venden como algo posesivo, si eres mujer tienes que ser “de” alguien, de allí que al casarse te inculquen que te cambies el apellido y que sacrifiques tu sueños por ese amor. Pero, ¿y si el cuento no es como nos los contaron? ¿Y si el amor debería por el contrario ser fácil y bonito? ¿Y si había un hombre bueno enamorado de Bella que no era ninguna Bestia?

Después del niño que me pegó en preescolar, vino el novio de bachillerato que me celaba con todos mis amigos, el novio de la universidad que me engañó con otra porque yo era virgen y él tenía “necesidades”, el novio que se enojaba cuando no le contestaba inmediatamente los mensajes y el chico que me respondía los mensajes cada tres días pero yo estaba segura que le gustaba.

Está claro que todo lo que sabía del amor estaba mal y que tenía que crear una historia diferente, pero ¿por dónde comenzar? Uno de los consejos que da la gente es que tienes que comenzar por amarte a ti misma para amar a otra persona porque nadie te va a querer si no te quieres, el problema surge cuando amarte a ti misma contradice todo lo que te han enseñado del amor, cuando amarte a ti misma hace que, en tu cabeza, te veas a ti misma como una mujer difícil que nunca va a encontrar pareja.

Cuando tenía veinte cuatro años estaba estudiando un Master en España, era feliz, conocí a gente extraordinaria, comencé a ser la persona que quería ser, y me enamoré de una persona que volteó mi mundo de cabeza. Cuatro meses después estaba casada viviendo en Venezuela de nuevo con “mi esposo”. Seis meses después cuando pasó la etapa de la luna de miel y me pegó la realidad me di cuenta que mi vida era un hoyo negro de infelicidad. El resentimiento era peor cada día, el sacrificio había resultado ser demasiado. Viendo hacia atrás me digo a mi misma que mi vida podría ser peor, pero que tal si todo hubiese sido mejor de haberme quedado en España, que tal si hubiese conocido a alguien que viviese allá y ahorita estuviese escribiendo estas líneas en Barcelona en vez de Calgary.

Muchas veces nos convencemos a nosotros de que el amor conlleva sacrificios, de que el amor es difícil, de que por amor uno debería matar dragones y saltar desde ventanas de castillos, ahora por el contrario pienso que el amor debería ser algo fácil.  Ya no busco mi media naranja, ya no sigo empeñada en el chico que se tarda tres días en responder un mensaje, estoy más alerta a las señales de si alguien es celoso y posesivo porque sé que eso puede terminar en violencia doméstica, ya no dejo que me insulten. Ahora sé que si alguien me dice “eres mía” esa persona es posesiva, que si me revisan el celular no es porque se preocupen por mí, que puedo salir sola con mis amigas y usar lo que quiera, que tengo que trabajar para sentirme bien conmigo misma, que limpiar no es exclusivo de mujeres y que si un hombre me dice una de esas cosas no me ama, porque eso no es amor.