Una investigación de Correll, Benard y Paik de la Universidad de Cornell en los Estados Unidos indica que existe un castigo a la maternidad en los lugares de trabajo, donde las mujeres no sólo obtienen un salario más bajo cuando son madres, sino que también son percibidas como menos competentes, menos dignas de promoción y se asume que su desempeño estará por debajo de lo requerido por la posición que debían emprender. En otras palabras, los empleadores discriminan a las mujeres con hijos.

Los investigadores establecen que la maternidad es una característica de estatus, donde a las mujeres que son madres se les atribuyen ciertos atributos. La investigación implicó presentar candidatos para una entrevista donde la única variable diferente era su condición de padres, manteniendo constantes todas las otras variables como edad, calificaciones y experiencia. También realizaron una auditoría de los empleadores.

Los resultados comprobaron que las madres en el proceso de contratación fueron vistas como menos competentes y comprometidas, se les establecía un salario más bajo y eran menos propensas a ser recomendados para ser contratadas o promovidas. Contrario al caso de los padres quienes eran vistos como más comprometidos y se les establecía un salario más alto. Curiosamente, esta aversión hacia las madres la tuvieron tanto hombres como mujeres, lo que significa que las mujeres jefas no son más comprensivas con la maternidad de otras mujeres.

Por otra parte, las mujeres sin hijos gozaban de ventajas sobre los hombres sin hijos viéndose como más competentes, aunque esto no significaba un salario más alto.

Aunque muchos factores son ciertamente responsables, este estudio sugiere que las creencias culturales sobre la maternidad y los roles de “trabajador ideal” pueden jugar un papel en la persistencia de este patrón de desigualdad. Un segundo patrón duradero de desigualdad de género es el denominado “techo de cristal”, una metáfora de las barreras que restringen el movimiento de las mujeres hacia arriba, a las posiciones más altas en organizaciones y empresas. En la medida en que los empleadores consideran que las madres están menos comprometidas con su trabajo, son menos “promocionables”, por lo que el techo de cristal que enfrentan las mujeres podría ser, en parte, el techo de la maternidad.

Un análisis de la oficina del presupuesto del Congreso de los Estados Unidos encontró que entre las personas de 27 a 33 años que nunca han tenido hijos, las ganancias de las mujeres se aproximan al 98% de los hombres, es decir, cuando las mujeres se comportan en el lugar de trabajo como hacen los hombres, la brecha salarial entre ellos es pequeña. Sin embargo, cuando deciden ser madres son discriminadas, mientras que los varones son a menudo favorecidos por su condición de padres.

Es necesario entonces reevaluar las nociones de rendimiento y compromiso y cómo se confunden con la productividad. Los empleadores no suelen evaluar conscientemente lo que entienden por desempeño y compromiso, confundiendo estos rasgos con estar presente en la oficina durante largas horas y otros factores que no son necesariamente sinónimos de realizar un buen trabajo.  Los investigadores establecen que la maternidad es vista como un compromiso total que no es compatible con el compromiso necesario para la empresa. Los padres por el contrario no eran afectados por esta percepción ya que comúnmente las mujeres toman la mayor parte de la responsabilidad del cuidado de los hijos.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT)  alertó sobre esta situación en 2015, sosteniendo que la diferencia de remuneración relacionada con la maternidad tiende a ser mayor en los países en desarrollo que en los países desarrollados.

A nivel mundial, la brecha salarial relacionada con la maternidad aumenta con el número de niños que tiene la mujer. En muchos países europeos, por ejemplo, tener un solo hijo causa sólo un pequeño efecto negativo, pero las mujeres con dos y, sobre todo, tres hijos experimentan una sanción salarial. En los países en desarrollo, los datos sugieren que el sexo de los hijos también puede ser importante, ya que es más probable que las hijas ayuden con las tareas domésticas y de cuidado, reduciendo la brecha relacionada con la maternidad.

“La conclusión principal 20 años después de la Conferencia de Beijing es que, a pesar de los progresos marginales, tendrán que pasar años o décadas antes de que las mujeres disfruten de los mismos derechos que los hombres en el trabajo”, declaró Shauna Olney, Jefa del Servicio de género, igualdad y diversidad de la OIT.

“La OIT lanzó la iniciativa del Centenario las mujeres en el trabajo a fin de acelerar sus esfuerzos dirigidos a apoyar la acción mundial para hacer frente a este desafío y cumplir con el programa de transformación sobre igualdad de género y empoderamiento de las mujeres establecido en los objetivos de desarrollo sostenibles propuestos por la ONU. Este cambio no se producirá de manera automática. Para que esto ocurra, son necesarias intervenciones políticas específicas, concretas y valientes”.

En Argentina, un trabajo realizado por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC)  refleja que las madres argentinas sufren profundas desigualdades e inequidades en materia de acceso a la educación, al empleo de calidad y la salud; y sufren más la pobreza y la diferencia de ingresos.

Los patrones de desigualdad y discriminación hacia las mujeres persisten a pesar de los avances normativos y la visibilidad de esta problemática, superar las brechas de género en todas las dimensiones de la vida es uno de los desafíos más importantes en el país. Esto significa garantizar la igualdad de derechos, responsabilidades y oportunidades de mujeres y varones, niños y niñas.

“Mientras las mujeres están en peores condiciones en los principales ámbitos de la vida, esto se acentúa en aquellas que son madres. Ser mujer es condición de desigualdad. Ser madre, aún más”, afirma Gala Díaz Langou, directora del Programa de Protección Social de CIPPEC.

El CIPPEC considera que para revertir esta situación relativa a las mujeres que son madres es necesario promover políticas que mejoren la forma en la que las familias concilian la vida productiva con la reproductiva, aquí se destaca la necesidad de modificar el régimen de licencias por maternidad y paternidad, para que todos puedan acceder a ellas y para que la responsabilidad del cuidado este mejor distribuido entre padres y madres (o cualquier forma de familia). “Además es necesario que los espacios de primera infancia y los jardines maternales que se van a crear en el marco del Plan Nacional de Primera Infancia tomen en consideración dónde se encuentran las madres con mayores necesidades para acceder a estos servicios”, sostiene Malena Acuña, analista del Programa de Protección Social de CIPPEC. El acceso a servicios públicos de cuidado y educación de calidad puede contribuir paraa aligerar la carga que tienen las mujeres que son madres, garantizando sus derechos, y además permitiéndoles una mayor continuidad educativa o una mejor inserción laboral.

Estos estudios son importantes porque demuestran las actitudes culturales y políticas incorporadas en las nociones de maternidad, de crianza y de trabajo, y como se discrimina en base a ellas. Necesitamos un debate sobre estos asuntos y posiblemente una mayor consideración sobre lo que significa el desempeño y el compromiso en ciertos contextos de empleo. Los países deben crear políticas que ayuden a la igualdad de género, particularmente cuando vivía en Venezuela me recomendaban no decir que estaba casada en las entrevistas de trabajo para evitar preguntas acerca de una futura maternidad. Lo cual no sólo es discriminación sino que estaban discriminando por una posibilidad futura que no sucedió.