En una sociedad patriarcal como la afgana  son muchas las familias que toman la decisión de disfrazar a sus niñas y convertirlas en niños para que jueguen, estudien y disfruten de la libertad de movimiento que supone ser varón. Este fenómeno se conoce con el nombre de “bacha posh” que significa literalmente en lengua Persa Darí, “vestida como un niño”.

Las familias afganas que quieren proteger a sus hijas de los matrimonios infantiles se enfrentan a un dilema cuando éstas alcanzan los ocho o nueve años, momento en el que los padres que deciden no dejarse tentar por las ofertas económicas y de bienes materiales que les hacen adultos de entre 40 y 70 años por considerar a las menores más fértiles y puras, se ven forzados a convertirlas en Bacha posh. Así que les cortan el pelo como niño, las visten con ropajes muy masculinos y les cambian el nombre para que pasen desapercibidas en una sociedad que las considera poco más que un bien material. Esta costumbre cuenta con más de un siglo de antigüedad, en la actualidad continúa practicándose, resultando en niñas que de pequeñas visten pantalones, camisa y corbata que al cumplir los 16 años deben cambiar por una burka.

Sin embargo, muchos progenitores, guiados por los líderes religiosos locales y las tradiciones tribales, deciden finalmente venderlas por grandes sumas de dinero.”Las niñas tienen que casarse cuando todavía son jóvenes. Aquí todos los padres ganan dinero con los matrimonios de sus hijas”, explicó Shah Mardanqal a los investigadores del Institute of War and Peace Reporting (IWPR). Mardanqal, de 70 años y oriundo de la aldea de Kata Qala, en la provincia de Faryab, al norte del país, casó recientemente a su hija de 14 años con Sarwar Baik, de 60, por “3.000 dólares, una vaca y 10 ovejas”. “Un padre que mantiene a sus hijas en casa y no las casa cuando es debido está cometiendo un pecado”, añadió el hombre para justificarse.

Recientemente, el IWPR realizó un estudio entre los padres y ancianos de los consejos tribales en las provincias de Balkh, Faryab y Jawzan en el que éstos admitieron sin tapujos que “en sus comunidades la mayoría de niñas se casan entre los nueve y los 14 años”, a pesar de que la edad mínima para que una mujer contraiga matrimonio en Afganistán es de 16 años. El matrimonio infantil no sólo vulnera los derechos infantiles sino que facilita el camino hacia la violencia de género además que el embarazo entre las menores de edad las pone en riesgo de morir durante el parto por complicaciones.

Aunque las familias hacen lo posible para proteger a sus hijas, las niñas viven como niños hasta los 16 años, cuando la pubertad, marca el punto de inflexión en el que hay que recuperar el verdadero género. El choque para muchas es enorme, han pasado 16 años de su vida siendo libres y de repente ven como sus libertades son coartadas. Es entonces cuando las mujeres tienen que volver al lugar que la sociedad afgana tiene para ellas: el hogar, la familia y la invisibilidad.

Normalmente, las mujeres Bacha Posh sufren al convertirse en adultas porque son víctimas de un desajuste. Al no haberse criado como mujeres, no están acostumbradas a someterse a la sociedad patriarcal que impera en Afganistán, de un día para otro, estos ‘niños niñas’ están obligados a limpiar, cocinar o atender a un marido y muchas no saben cómo.

Entre los casos más conocidos en Occidente está la historia de Azita Rafhat, una parlamentaria afgana que optó por criar a sus hijas como si fueran varones.