A principios de año escuché a una compañera de trabajo comentar que se iba a cambiar el apellido, mi compañera está casada con un bebe en camino y no fue hasta que vi un post en su Facebook, que me di cuenta que su nuevo apellido no era el de su esposo sino el de su mamá.

Cuando le mencioné que pensaba que asumiría el apellido de su esposo, me dijo algo como “por qué haría eso, él no haría eso por mi”. Para ella, su apellido formaba parte fundamental de su identidad, una identidad ligada a un padre que tiene años sin ver y a una madre que ha hecho todo por ella. Esta situación me dejo pensando en lo que conocemos por identidad, cuando nacemos tenemos un sexo y un nombre mientras que todo lo demás, como los gustos y pasatiempos, se forma y fortalece con el tiempo.

El artículo 07 de la Convención sobre los Derechos del Niño establece que todo niño tiene derecho a un nombre desde su nacimiento.

El nombre y el apellido de una persona son elementos fundamentales de su identidad; desde una temprana edad aprendemos a decir “mamá”, “papá” y nuestro nombre; el cual también ayuda a los demás a vincularnos con otros, “la hija de”, “la hermana de”, “la prima de”.

La primera mujer en Estados Unidos en retener su apellido de soltera fue Lucy Stone, quien se casó en 1855. En 1920 un grupo de mujeres formaron una asociación para ayudar a las mujeres casadas a preservar su apellido de soltera. En esa época, utilizar el apellido del esposo era obligatorio para la mujer casada; no fue hasta el movimiento feminista, que comenzó en la década de los sesenta, que el cambio de apellido pasó de imposición a ser una opción.

Antes de este movimiento, la existencia de una mujer estaba ligada a la del esposo. Las mujeres no tenían derecho a tener propiedades, firmar contratos legales o tener tarjetas de crédito propias. La idea de que toda mujer tiene una identidad aparte de la de su esposo, y que no es propiedad de éste, es relativamente nueva.

La forma del cambio del apellido varía de país a país. En Latinoamérica se deja el primer apellido de la mujer, eliminando el segundo para sustituirlo por el “de” seguida del apellido del esposo (“María González de Pérez”). En los países anglosajones, la mujer puede usar sólo el apellido del marido o usar su apellido y el del esposo unidos por un guión. (“María González-Pérez” o “María Pérez-González”). En la provincia canadiense de Quebec, desde 1981, está prohibido para la mujer cambiarse su apellido por el de su marido; de acuerdo a los legisladores, la razón principal de esto fue evitar la presión social que tenían las mujeres en esa época. La misma prohibición existe en España, Bélgica y Corea del Sur.

En Venezuela, hasta 1982, cuando se revisó el Código Civil, se establecía como falta a los deberes matrimoniales el que la esposa no usara el apellido del marido, a partir de ese año se consideró el cambio de apellido como una opción y no una obligación legal para la mujer.

El cambio de apellido de una mujer después del matrimonio es un tema polarizado; por una parte, algunas mujeres afirman que va en contra de las leyes del feminismo, mientras que otras piensan que no es un tema importante porque su apellido igual vino por el lado de SU padre, O prefieren mantener las tradiciones.

Sin embargo, el cambio de apellido es más una consecuencia de presiones sociales y religiosas, con muy pocos o ningún beneficio para la mujer. Tiene más que ver con nuestra percepción del amor y del matrimonio, al punto que muchas de nosotras, desde pequeñas, escribíamos nuestro nombre y le anexábamos el apellido del que nos gustaba a ver como se veía; el romanticismo venía dado de una unión completa con otra persona, al punto de ser “de él”.

Es una disyuntiva entre lo que hemos idealizado del matrimonio y nuestra identidad, especialmente en esta época de Google, Facebook y Linkedin, en la que tenemos vidas en el plano virtual, donde un cambio de apellido puede significar la pérdida de un trabajo por el simple hecho de que los artículos escritos por una periodista ya no son rastreables online, después de un cambio de apellido, así como la pérdida de referencias profesionales que se puedan tener porque esa persona no reconoce tu nuevo nombre. Evidentemente, este detrimento será proporcional a la edad que tiene la mujer al casarse, a mayor edad cuando se entra al matrimonio, más reconocimiento, experiencia y poder se tiene.

De acuerdo al estudio Making a Name: Women’s Surnames at Marriage and Beyond (2004), cuando una mujer ha hecho “un nombre” por ella, se preocupa más por mantener su apellido, por ejemplo, una científica que haya publicado estudios va a tener más inconvenientes para ser reconocida después de un cambio de apellido. Por tanto, las mujeres con estudios avanzados, ocupación en las artes y carreras largas antes de casarse, son más propensas a retener su apellido; mientras mujeres más tradicionales, que se unieron en matrimonio a través de una ceremonia religiosa, tienen mayor tendencia a cambiarse el apellido.

El estudio Female Surname Choice: Historical, Cultural, and Branding Influences at Duke University (2010) confirmó las mismas evidencias culturales en la toma de esta decisión. Las mujeres que practican religiones conservadoras son más propensas a adoptar el apellido de su esposo, mientras que las mujeres con estudios avanzados como Maestrías y Doctorados, así como aquellas que se casan en una edad más avanzada, tienden a quedarse con su apellido.

Las expectativas de la sociedad también influyen, un ejemplo de esto es Hillary Rodham Clinton, la cual adoptó el apellido de su esposo para ayudarlo a ganar las elecciones de Gobernador de Arkansas, debido a múltiples artículos que criticaban la decisión de la Primera Dama de Arkansas de quedarse con su apellido paterno, al casarse. Hillary y Bill se casaron en 1975, cuando el porcentaje de mujeres que se quedaba con su apellido luego del matrimonio iba en aumento, sin embargo, la población de Arkansas era, en su mayoría, conservadora y no aprobaba este hecho. Para Hillary, las razones para quedarse con su apellido tenían más que ver con su identidad, tener un apellido que le gustaba y la ligaba a su familia, y menos con el movimiento feminista. Asimismo, a veces las mujeres se ven influenciadas por presiones de sus parejas, ejemplos de esto podemos ver aquí.

A mis treinta y un años he tenido 3 apellidos. Cuando nací mi papá supongo que no quería nada que ver conmigo porque mi mamá me presentó como madre soltera y por tanto, según las leyes venezolanas, tenía los dos apellidos de mamá. Andrea Socorro era feliz y tenía tarjetas de presentación de Fresita. A los seis años, no sé si por insistencia de mi mamá o por arrepentimiento y culpa, mi papá me reconoció legalmente Andrea Socorro pasó a ser Andrea Márquez. La niña Andrea Márquez no se sentía precisamente feliz y bloqueo la situación a tal extremo, que no fue hasta que vio su partida de nacimiento a los 12 años, que se dio cuenta que, a esa edad, ya había sido dos personas diferentes.

Recuerdo muy poco de ese día, conseguí mi partida de nacimiento en la guantera del carro y la leí, me dio tristeza y volvió de golpe ese sentimiento de abandono. Ese sentimiento de no pertenecer. Cuando volvió mi mamá, pretendí que nada había pasado porque no quería hablar de una situación que no entendía.

Actualmente, me parece un poco absurda la decisión de mi mamá, si bien debo admitir que pronunciar y deletrear Socorro en inglés sería una pesadilla diaria, llevaría con más orgullo su apellido que el de una persona con la que tengo 3 años sin hablar.

Cuando tenía 24 años me casé con una persona que se volvió mi todo, al punto que volví a ser una niña de colegio y quería ser de él. Afortunadamente, en Venezuela, cambiarse el apellido es un proceso engorroso así que nunca me lo cambié legalmente.

A pesar de que la cantidad de mujeres que retuvieron su apellido, en los Estados Unidos, aumentó en los años setenta y ochenta, actualmente, el número de mujeres graduadas de la universidad, que retuvieron su apellido es menos del 20%, lo que parece indicar que retener el apellido, en esas décadas, también era una presión social por apoyar el movimiento femenino; o que en la actualidad, más mujeres se cambian el apellido por un retroceso a valores sociales más conservativos.

En cuanto a las desventajas del cambio de apellido, de acuerdo al estudio de la Universidad de Tilburg What’s in a Name? 361.708 Euros: The Effects of Marital Name Change, Basic and Applied Social Psychology (2010), las mujeres que se cambiaban el apellido por el de su esposo eran juzgadas, en el área laboral, como más afectuosas, más dependientes, menos inteligentes, mas emocionales y menos competentes, ambiciosas e inteligentes, en comparación con una mujer que se quedaba con su apellido de soltera. Asimismo, este cambio de apellido implicaba una posibilidad más baja a ser contratada para un trabajo. La diferencia más significativa es el hecho de que el salario de dichas mujeres era menor, con una diferencia de 861,21 euros por mes. Este estudio también demostró que una mujer que mantiene su apellido, una que estaba soltera pero viviendo con su pareja y un hombre, eran juzgados como más independientes comparados con una mujer casada que adoptó el apellido de su esposo.

Una de las tendencias en los países anglosajones, es que ambos esposos se cambien el apellido actual por un apellido inventado al unir el de ambos esposos. También tenemos el ejemplo de celebridades como Jay-Z, cuyo nombre legal era Shawn Carter, el cual añadió el apellido de su esposa para convertirse en Shawn Knowles-Carter, así como el esposo de Zoe Saldana, Marco Perego, el cual legalmente ahora es Marco Saldana.

Otra tendencia en dichos países, es que las mujeres utilicen su apellido paterno como segundo nombre y cambiar su apellido por el de su esposo; ésta fue la solución para Hillary Rodham Clinton.

La discusión sobre el apellido de la mujer después del matrimonio tiende a ser una cuestión de elección, la mayoría de las mujeres que se cambia el apellido dicen que es por conveniencia, sin embargo, es curioso que nadie se pregunte por qué ésta debe ser una decisión de conveniencia de la mujer y no del hombre.

Eso sin mencionar las desventajas emocionales, qué pasa cuando se acaba el amor o a veces hasta el mismo matrimonio, cuando ya no quieres ser “de él”. En mi caso fue fácil porque nunca usé legalmente su apellido, simplemente quité el “de” en mi nombre de las redes sociales y sin gran explicación, sin gran algarabía, sin felicitaciones de por medio de mis contactos, volví a ser yo y en el proceso me enamoré… de mí.

Me enamoré de mi apellido, aquél que antes me hacía sentir incómoda; me enamoré de la persona en la que me convertí; me enamoré de mi situación y, por consiguiente, me enamoré de mi apellido. Pasé de tratar de ser una diva doméstica en entrenamiento a enfocarme en mí. Descubrí cosas que me gustaban que nunca intenté por estar con él y, cosas que no me gustaban, que dejé de hacer.

Para muchas mujeres soy el vivo ejemplo de lo peor que puede pasar, de las consecuencias de cambiarse el apellido para terminar divorciadas, pero para mí, soy el vivo ejemplo de lo que pasa cuando te reinventas y de cómo ese proceso te cambia la vida. ¿Por qué será que a veces es más fácil ser de alguien más que uno mismo? ¿A qué le tenemos miedo?