En el 2014 una astrologa que seguíamos por jóvenes y despechadas lanzó una nueva web sobre cosas muy variadas, que ya ni dominio tiene, allí leí por primera vez algo sobre los efectos secundarios de las pastillas anticonceptivas, ya no recuerdo bien que decía, en la onda de la web hablaba de desintoxicar el cuerpo y de la carga hormonal pero en otro artículo te recomendaban la piedra de lumbre como desodorante así que quizás todo se sentía demasiado hippie para mí. En el momento recuerdo que el artículo me pareció hasta irresponsable, quien se atrevería a cuestionar los anticonceptivos que junto a la independencia económica me resultaban pilares fundamentales de la libertad de la mujer, bueno ahora lo entiendo mejor, lo cuestionaba alguien que la pasó mal con ellos.

Tengo como un mes preguntándome si este es un artículo que habla sobre los efectos secundarios de las pastillas anticonceptivas, sobre envejecer, quizás es sobre cómo se descartan nuestras opiniones porque las mujeres “somos emotivas” o sobre la atención medica de calidad que no recibimos, finalmente creo que es sobre todas esas cosas y lo que tienen en común, que es ser mujer.

Para el 2014, yo tenía 28 años, de esos había pasado aproximadamente 8 tomando pastillas anticonceptivas, pero todavía en ese año era de las mujeres que el 99% del tiempo no tenía dolor de vientre o malestar con el periodo, que tenía un ciclo regular y sentía que nada me caía mal, me extrañaba siempre ante las necesidades específicas de mis compañeras de trabajo a quienes ciertas tollas sanitarias, medicinas, pastillas o jabones les causaban efectos indeseados. Por el efecto de una aparente buena salud o por la sensación de ser invencible que te produce estar en los veintes, las pastillas anticonceptivas eran para mí una de las pocas cosas milagrosas que las mujeres le arrancamos al mundo patriarcal y que nos permitían tener la libertad de decidir cuándo tener hijos, no algo de lo que debías desintoxicar tu cuerpo como decía ese artículo, solo elegir las que engordaran menos.

A partir de los treintas, las cosas han ido cambiando, sé que parece una leyenda urbana, muchas estarán o no de acuerdo, quizás cambian desde antes pero no nos damos cuenta, ahora presto más atención, es como si tu cuerpo que antes solo necesitaba los servicios de cada 50.000 kilómetros como los carros nuevos, de pronto empieza a tener fallas específicas, sientes el ruido, puedes prender la radio como con el carro pero sabes que ignorarlo solo lo hace peor. A esto se suma también la condición particular de mi país que viene cercando la posibilidad de los venezolanos de acceder a los medicamentos requeridos para nuestra salud. Así que en un momento, no se conseguían las pastillas anticonceptivas que usaba, cambie de una marca a otra en dos ocasiones y perdía regularidad en el uso, empecé a sentir dolores, tenía unos quistes en los ovarios, nada serio, se arregla con las pastillas me dijo el ginecólogo, volví a tomarlas con fundamento, conseguí un suministro regular de una traídas de Colombia, debí tomarlas por poco más de un año, empecé a preguntarle a mis amigas y hasta a mi mamá por ciertas molestias, me dijo “es que estas envejeciendo son achaques” y lo creí, en parte parecía ser verdad.

En el yoga te dicen que debes escuchar a tu cuerpo, el año pasado fue uno de los años más demandantes de mi vida en el aspecto emocional, problemas en el trabajo, cambios de vida, problemas en el país, empezamos Mulier, problemas en mi relación, mudanzas, todo esto estaba pasando y yo lo estaba enfrentando con ese recipiente de mi mente que es este cuerpo, no tenía tiempo de escucharlo, la energía estaba en procesar los cambios, los problemas, las emociones, para el último trimestre del año estaba agotada y mi cuerpo determinó que era tiempo de emplear nuevas señales para transmitirme el mensaje.

Entre varias dolencias físicas que no se realmente si vienen al caso pero que voy a omitir destacó esta, cada vez que tenía una emoción negativa fuerte, rabia o tristeza, sentía inmediatamente un calor insoportable que surgía en mi cuello y subía hasta mis orejas, es la tensión me decían, es por la emoción, es tensión emocional, lo acepté, me hice exámenes de sangre y todo bien, aunque parezca poco importante este síntoma me desencajaba cuando lo sentía, no sabía que era, me hacía creer que estaba roja y tenía muy presente que los infartos en las mujeres tienen síntomas distintos a los que normalmente relacionamos a esa condición, en esos meses pensaba que me estaban rompiendo el corazón en diferentes aspectos de la vida, quizás me iba a dar un infarto, síndrome del corazón roto, así que muchas veces me sentí molesta ante un trato injusto y preferí no defenderme para no intensificar la emoción y ponerme en peligro, otras veces me puse triste y la emoción en sí, más la suma de esos síntomas hacía todo peor, me sentía frustrada, indefensa por no entender que era esto que pasaba en mi cuerpo y afectaba mi vida. Mi manejo de las emociones cambio completamente, al sentir el calor subiendo por mi cuerpo me apartaba de lo que causaba la emoción, no respondía los mensajes o me iba del sitio, me extraía de situaciones que siempre había enfrentado sin problema, me refugiaba en mis personas de confianza para manejar las cosas en un espacio de seguridad así que sin duda terminaron sobrecargadas de mis problemas.

Para la navidad del 2016 ya no tenía relación, para febrero del 2017 había dejado mi trabajo, los primeros meses del año volví a los exámenes médicos, nada estaba mal como para esas reacciones, en varias ocasiones en Mulier hemos mencionado estudios sobre los efectos secundarios de las pastillas anticonceptivas, su relación con la depresión en las mujeres y como este mismo síntoma significo que el producto no fuera aceptable para el uso de los hombres, pero seguramente no estaba prestando atención.

En abril leyendo sobre el mito de las menstruaciones que se sincronizan, volví a encontrar información sobre los efectos secundarios de los anticonceptivos y pensé que podía ser una posibilidad, los efectos secundarios los relacionamos con mayor posibilidad de padecer una trombosis o sufrir un ACV según algunos prospectos, pero entre las “reacciones” hay también dolores de cabeza, alteraciones de la libido, depresión o cambios en el estado de ánimo; náuseas o vómitos, malestar abdominal; rash cutáneo, entre otras.

No hay mucha información sobre los efectos del uso prolongado de las pastillas anticonceptivas, pero hay muchos foros de mujeres quejándose de síntomas como los que sentí, algunos ni los identifique como síntomas en su momento, como el cansancio o la hipersensibilidad emocional, así que después de casi una década de uso decidí dejarlas y hasta el momento no he vuelto a sentir el ataque de calor con las emociones, solo emociones, muchas otras cosas desaparecieron y nuevas hicieron lugar, según esos mismos foros dejarlas después de tanto tiempo también tiene sus efectos, pero hasta ahora parece valer la pena.

No digo que las cosas que me pasaron no fueron mis decisiones o mi responsabilidad, solo me pregunto en qué medida mis emociones o respuestas se vieron magnificadas por estas reacciones o efectos secundarios de las pastillas anticonceptivas. Sabemos que nuestro cuerpo puede ser influenciado por algunos medicamentos, basta resaltar los casos de los que tienen experiencia con antidepresivos, sabemos que puede darse un círculo vicioso donde la medicina que debe aliviar nuestro cuerpo tiene un efecto que perjudica nuestro ánimo y esto a su vez tiene consecuencias en nuestro cuerpo y así, aquí es donde me parece injusto que esto no se nos explique lo suficiente, los hombres no pueden deprimirse, suspendemos el estudio, pero las mujeres que resistan y paguen el precio de aspirar controlar su vida, cuando se quejen de la depresión les decimos que son muy emocionales. Las mujeres y los sentimientos, parece que siempre va a ser un arma que emplean contra nosotras para descartar nuestros reclamos, opiniones o ideas.

Por otro lado, mi ginecólogo es excelente, mi terapeuta también, aún así ninguno relacionó mis síntomas, ni el psicólogo se preocupó por las medicinas que ponía en mi cuerpo, ni mi ginecólogo por las consecuencias que podían tener en mi mente, yo misma no lo hice hasta un año después, no sabía ni explicarlos en conjunto, no los identificaba como síntomas. Muchos estudios indican que a las mujeres diagnosticadas con depresión no se les debe recetar anticonceptivos orales, no es mi caso, pero nunca me lo preguntaron antes de recetármelos y aunque Venezuela todavía tiene cierto “pudor” con las enfermedades mentales, me he dedicado a preguntarle a todas las mujeres que conozco sobre eso y todavía no he conseguido la primera con la que su ginecólogo verificara si sufría esta condición para recomendarle un método anticonceptivo.

Nos merecemos una mejor atención médica, una que tome en cuenta nuestro bienestar físico y mental y lo resguarde, sin considerarlo un precio a pagar por nuestras decisiones reproductivas, las mujeres nos merecemos atención medica de calidad que no deseche nuestras inquietudes o síntomas como emociones, achaques o inventos, merecemos estudios médicos donde se tomen en cuenta nuestras condiciones físicas específicas y resulten en medicinas que no nos hagan daño, las mujeres no somos ciudadanas de segunda.

Si existe la posibilidad de que no seas solo tú la que se molesta ante un comentario en el trabajo que quizás podías dejar pasar, la que se siente herida cuando peleas con tu pareja, la que dice o hace cosas más bruscas o insensibles de lo que pretendías, que no seas tú la que se siente tan cansada que no quiere salir el sábado con amigas, que no seas solo tú la que siente desanimo ante el sexo sin entender muy bien por qué y hace sentir mal a tu pareja con las consecuencias que eso representa siempre para la relación. Si un porcentaje de eso que hacemos o decidimos es una reacción o efectos secundarios de las pastillas anticonceptivas, no les parece que la duda de no ser nosotras las dueñas absolutas de nuestras motivaciones, en especial si somos las que padecemos las consecuencias, es sumamente grave como para merecer estudio y atención por parte de nuestros médicos. Yo creo que sí y eso es lo que me gustaría fomentar, eso y que hagan las preguntas que necesiten para tomar la decisión más informada y conveniente sobre su método anticonceptivo para garantizar su finalidad sin arriesgar su salud física y mental.

Para finalizar quiero dejar tan claro como se pueda que sigo creyendo que los anticonceptivos son un milagro que le arrancamos de la mano al patriarcado y en Mulier es un mantra muy apreciado que podemos tener bordado en cojines lo de “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”, pero eso no nos debe impedir exigir nuestro derecho a que los productos que se generan para nuestro consumo, en especial uno tan importante para la determinación de nuestra vida como son los anticonceptivos, sean de la calidad que merecemos y que se nos receten con la información y seguimientos que ameritan, y bueno ya que estamos aquí pidiendo mejoras, si alguna científica puede pensar algo menos terrible con que sustituir los espéculos, le aseguro que la reseñamos de inmediato con una biografía en mujeres que inspiran.