El psicólogo esperó tres días para escribirle a Violeta para ver qué planes tenía el fin de semana y acordaron verse el Viernes en un restaurante mexicano. Violeta no estaba segura si era por su profesión o por su personalidad pero era muy fácil hablar con él, así pasaron de un restaurante mexicano a caminar a un bar por unos tragos. En medio del camino estaban en una calle oscura donde no se veía pasar a nadie y Violeta, medio en broma, medio a la defensiva, le preguntó si la estaba llevando a un lugar para violarla, a lo que él respondió “prefiero el sexo con consentimiento”. Sin embargo, Violeta no respiró tranquilamente hasta que llegaron al lugar. 

El bar, como el psicólogo, era un sitio relajado, y cuando se agarraron de la mano ella pensó lo fácil que es dar afecto en público con un par de cervezas encima. En ese momento no lo notaría pero poco a poco estaba dejando atrás lo que había pasado con el Argentino, poco a poco estaba volviendo a ser ella, poco a poco estaba comenzando a confiar de nuevo, para bien o para mal. Violeta y el Psicólogo salieron del bar agarrados de la mano y cuando llegaron al carro de ella se besaron por tanto tiempo que el Psicólogo la alzó con sus brazos para que no importara la diferencia de altura para luego hacerle una propuesta, “¿quieres ir a mi casa?”, a lo que ella respondió “mejor vamos a la mía”