Violeta no tuvo mucho tiempo para ponerse triste por el Australiano porque dos días después tenía otra cita. El ambientalista tenía la edad de Violeta, estaba estudiando una maestría en Medio Ambiente, vivía solo, media un metro ochenta y tenía los ojos verdes. En papel era un excelente candidato. La cita era en un café y cayó justo el día de los enamorados, 14 de Febrero, Violeta ya se imaginaba en su cabeza contándole la historia a sus nietos sobre cómo se conocieron sus abuelos, “Estábamos destinados a estar juntos” decía en su mundo imaginario.

Violeta sintió el corazón acelerarse cuando vio al Ambientalista y estuvieron en el café aproximadamente 15 minutos cuando este le preguntó si quería ir a cenar, Violeta aceptó encantada pero el restaurante que estaba al lado estaba lleno por San Valentín, así que fueron al bar a esperar. Violeta pidió un trago y por primera vez en mucho tiempo no se sentía culpable por hacerlo, se sentía libre, como si nunca hubiese vivido todo lo que vivió con el Argentino y disfrutó esa “normalidad” con cada sorbo.

El ambientalista y Violeta hablaron de sus viajes, ambos habían ido el mismo año a Perú, pero mientras él había hecho el camino Inca, Violeta tomó el tren ¿Alguna vez has salido con alguien con quien la conversación simplemente fluye? Esa fue la primera cita entre ambos, sin silencios incómodos, sin espacios en blanco, sin mirar el reloj, así que cuando el ambientalista besó a Violeta al despedirse, ella se volvió a imaginar cómo iba a contar la historia de esta primera cita, y se dio cuenta de que ni el Argentino, ni Alberto, ni nadie podía destruirla, porque su corazón como ella, era resilientes.