Hace veinte años se estrenó “Sex and The City” una serie que nos trajo las aventuras de cuatro mujeres con más de treinta años mientras buscaban el amor en la ciudad de Nueva York. Así aprendimos a ver la vida a través de cuatro lentes muy diferentes, Samantha, que por ser una mujer independiente, exitosa y fuerte solo buscaba sexo en los hombres, Miranda, una abogada exitosa que aprendió a desconfiar en los hombres, Charlotte, una mujer que solo soñaba con casarse y formar una familia y Carrie, la más disfuncional de todas y por tanto con la que más nos identificamos.

A través de Carrie supe que no era la única que pasaba años esperando que un día uno de mis exes despertara y quisiera enseriarse conmigo, por eso odié tanto el final de la serie, eso de que Big finalmente cambiara para darle un final feliz a Carrie era dejar esperanzadas a miles de mujeres que tenían que salir de relaciones tóxicas con hombres que ponían las necesidades de todo el mundo sobre las necesidades de su pareja.

A lo largo de mi vida creo que he pasado por variaciones de estas mujeres, he esperado que un hombre me salve, he pensado lo peor de ellos después de una mala relación y he tratado de cambiar a una de mis parejas. Haberme criado en una sociedad patriarcal hizo que mirara mal a Samantha, como mujer se te enseña a no decir que quieres sexo, a ocultar tus necesidades, a no admitir que las sientes pero ahora cuando vuelvo a ver los capítulos de la serie me doy cuenta que el único personaje que en verdad tenía todo resuelto era ella, era la única que sabía que su éxito no estaba determinado por un estado civil. Ella sabía lo que quería, sabía que la hacía feliz y cuando tuvo relaciones dentro de la serie con hombres que no la satisfacían sabía como alejarse y ponerse ella sobre todas las cosas. Nunca pensé estar divorciada a los 28 años, mucho menos estar soltera cuando tengo casi 33, pero si algo aprendí de ver “Sex and the city” es que a veces las almas gemelas las encontramos en nuestros amigos a pesar de como se encuentra nuestra vida sentimental, porque no necesitamos ser lo que la sociedad exige de nosotras para ser felices.